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"Vivimos en un país rico...", vociferaba un indigente en mitad de Las Ramblas, increpando a los policías que a la fuerza se lo llevaban. Yo, al igual que todos los que pasábamos por allí, también me detuve un momento para contemplar la escena y escuchar sus escandalosas quejas contra nuestra Justicia. Como sería mi sorpresa, cuando comprobé que sus desesperadas palabras se fueron convirtiendo en un alegato filosófico en el que, a voces dijo: "cuando yo nací, todas las cosas que hay en este país, ya os las habíais repartido. Todo lo que hay en él, ya tenía dueño... Atajo de cabrones, no habéis dejado nada para mí. Y, a esto, a esto es a lo que le llamáis Justicia..."
No sabría precisar si aquel hombre estaba mal de la cabeza, borracho o drogado, o sólo era un vago sucio y sin vergüenza, pero viendo los harapos que vestía y su desnutrida fisonomía, por un instante, llegué a sentir cierta empatía con él, y pensé que la vida no lo había tratado con verdadera Justicia. Aún así, lo cierto es que ninguno de los presentes hicimos absolutamente nada por él, salvo promover algunas risas socarronas y apartarnos lo suficiente, como si todos nos hubiésemos puesto de acuerdo para ahuecar un círculo a su alrededor... "Supongo que tenía la lepra".
Después de aquello me resultó fácil comprender que lo que es justo para unos, no tiene porque serlo para otros. No obstante, hay algo en lo que creo que todos estaremos de acuerdo, y es que el único modo de aplicar la Justicia es con la fuerza. Y, al hilo de esta objetiva evidencia, se puede decir que quien tiene la fuerza impone la Justicia.
En nuestro sistema legal, la Justicia se concreta otorgándonos una serie de Derechos, de manera que, como recoge nuestra Constitución, en principio podría parecer que todos los ciudadanos somos iguales ante ella. Pero existen multitud de ejemplos; casos reales que demuestran que en la práctica esto no es así. Por mencionar alguno diré que, si dos delincuentes cometen el mismo delito y el Juez les pide la misma fianza a cada uno de ellos, el que pueda pagarla de momento quedará libre y el que no, sencillamente irá a la cárcel. Queda claro que aunque dispongamos de los mismos Derechos, la Justicia se proyectará con un resultado totalmente diferente, pues como acabamos de comprobar, en muchas ocasiones compartir Derechos puede llegar a ser la mayor de las injusticias.
La Justicia es una ciencia que pretende ser equitativa e igualitaria, pero nace de un principio filosófico y es evidente que bajo ningún concepto debería prescindir de él. Éste, es un hecho que no pasó inadvertido al que fuera gran filósofo y jurista Anatole France (Premio Nobel de Literatura 1921), quien al respecto pronunció la siguiente frase: 'Ah, la mayestática igualdad del Derecho que prohíbe por igual al rico y al pobre pedir caridad por las calles y dormir bajo los puentes'.
Los filósofos clásicos, como verdaderos pioneros de la Justicia, decían que esta comprende el conjunto de las virtudes y significa la completa conformidad con las pautas aprobadas de la ética y nuestra conducta moral. Por seguir con su descripción racional, Aristóteles (en los epígonos) prefirió limitar la referencia del término a una virtud en particular, distinguiendo entre Justicia y equidad o entre Justicia y caridad. Platón (en la República) dice que la Justicia regula y equilibra las demás virtudes. Su cometido es conseguir mantener el equilibrio y la armonía. La Justicia surge cuando cada elemento en la sociedad cumple con exactitud la tarea apropiada. Platón, utilizó su definición para exaltar a la Justicia y atenuar la ley formal, Aristóteles en cambio, concibió que la Justicia era inmanente al funcionamiento de las leyes y, de este modo, le adjudicó un papel mucho más efectivo.
Pero volvamos al personaje que me ha proporcionado la introducción a esta disertación; el indigente, muestra su disconformidad con la Justicia que recibe, diciendo que cuando nació todas las cosas de este país ya tenían dueño y que ese es el motivo de que el no tenga nada. En su denuncia, nos deja entrever que es por eso por lo que lo rechazamos, y que la Justicia lo castiga (lo detiene la policía) precisamente por ser diferente, podríamos decir que su presencia nos resulta incómoda. Sin embargo, en principio él no tiene la culpa de padecer esas circunstancias, es más, yo diría que en un mundo donde todos deseamos tener cosas, aquel que no tiene absolutamente nada, inconscientemente lo consideramos una amenaza, porque como hemos podido comprobar coinciden dos hechos que lo delatan: es fácil reconocerlo entre la multitud y desea exactamente las mismas cosas que tenemos nosotros.
Esto me lleva a identificar el principio básico del que está compuesta nuestra Justicia (creada por los fuertes, para proteger sus propios intereses); un principio por el cuál rechazamos de plano a todo aquel que no tiene nada, y que de una forma u otra invade nuestro espacio. Inconscientemente, pensamos que lo hace con la finalidad de apoderarse de nuestras cosas, quiero decir, de todo aquello que creemos que nos pertenece.
Lamentablemente, es este un principio común a todas las ideologías políticas. Todos los países, sin excepción, lo utilizan; basta con recordar las imágenes de China en los recientes Juegos Olímpicos, donde se retiró de las calles de Pekín a todos los indigentes, disminuidos, prostitutas, pobres, mendigos y hasta los feos que podían dar una imagen no deseada de su trasnochado “imperio comunista”. Pero como acabo de decir, este denostado principio no respeta ideologías de ningún tipo, y en el extremo opuesto podemos recordar, por ejemplo, a los muchísimos indigentes que murieron en New York por una huelga de periódicos, con ellos se guarecían del frío que padecían durmiendo en las calles, nos estremecía verlos dormir sobre una alcantarilla porque de ella emanaba el calor sobrante de las calefacciones. Su sistema sanitario excluye al que no puede pagarlo. Es un secreto a voces, que sus soldados, los que envían a morir a sus guerras pertenecen a las clases más desfavorecidas de la sociedad... A tenor de lo explicado, es evidente que tampoco la delirante Justicia del “imperio capitalista” ofrece seguridad y cobijo en igualdad de condiciones a los fuertes que a los débiles.
Quizá sea este un principio implícito a cualquier sistema judicial, el que hace que todos los países del mundo, sin excepción, generen focos de pobreza; el motivo subyacente, por el que a lo largo de la historia ningún país haya aceptado, sin reticencias, el fenómeno de la inmigración (me refiero, naturalmente, al inmigrante pobre). Y, lamentablemente, quizá sea el único y verdadero motivo por el que el Tercer Mundo, jamás dejará de serlo.
Meritxell Ramos |
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