T.T.I. ediciones

Editorial presentando su primera publicación, 'La libertad es cosa de lokos'
un cuento infantil escrito por una niña de 11 años
que ha merecido el agradecimiento de Greenpeace


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En el momento de zarpar sentí un escalofrío, fue como una señal que me hizo intuir que aquel viaje podía acabar en tragedia. Cruzar el Mediterráneo en un velero tan pequeño era la aventura más comprometida que iba a vivir hasta el momento. Siento decirlo, pero la verdad es que nunca fui una persona valiente; acababa de aprender a navegar, me mareaba con facilidad, y eso, tampoco me iba a ayudar. Pero necesitaba encontrarme a mi misma, y pensé que aunque sólo fuera por una vez tenía que enfrentarme a la soledad; ella y yo, cara a cara, en la inmensidad del mar….

Cuando navegas en solitario pierdes la noción del tiempo, se te amontonan las tareas y mantienes la mente alerta en todo momento. Las noches se eternizan y sólo cuando el mar lo consiente cierras los párpados engañando al sueño, a pequeños intervalos, nunca más de una hora. El cansancio se acumula con el transcurrir de los días y apenas llegas a distinguir entre el sueño y la vigilia.

Digo esto, porque quizá sea la explicación de todo lo que ocurrió. La única excusa que puedo ofrecer a los que quieran escuchar la verdad; una historia real que se desarrolló en mitad de un mar, cuyas aguas, mecían mi barco con el poder del Dios que sostiene nuestras vidas en sus manos.

De repente, la embarcación perdió velocidad, creí que el viento había rolado su rumbo, miré las velas, permanecían hinchadas, pero incomprensiblemente el barco no conseguía avanzar, igual que si hubiera encallado en fango o arena. Comprobé mi situación en el GPS, me encontraba a 37º11’ latitud norte y 12º44’ longitud este, a unas cuarenta millas de la costa de Sicilia, eso me tranquilizó. Continué buscando una explicación racional a lo que estaba sucediendo. Pero no tuve tiempo de pensar. Lo que vi, me impresionó de tal modo que todavía su recuerdo me hace estremecer: el fondo del mar era incandescente y estaba emergiendo. La tierra parecía rugir, y salía a la superficie precedida de destellos luminosos y chorros de vapor. Supongo que el mar, se convirtió en algo parecido a las fuentes del infierno. De repente, todo cambió, el viento dejó de soplar, el mar se calmó y se hizo un silencio sepulcral, como si Dios hubiera abandonado aquel lugar. Mi primera reacción, inducida por el pánico fue la de huir de allí. Puse en marcha el motor a toda máquina, pero la embarcación estaba encallada entre las rocas. Mis miedos no me dejaban pensar de manera que me encerré en la bodega del barco… creí que ése sería mi final.

No sé cuanto tiempo permanecí allí, supongo que el pánico me sometió a un estado de coma en el que perdí toda referencia con la realidad que conocía. No sabía si estaba viva o muerta, si estaba soñando o había viajado a otra dimensión, pero me armé de valor y salí del barco; estaba pisando tierra firme, desconozco el motivo, pero en aquel lugar se había formado una isla desértica de la que nunca había oído hablar. Inmediatamente comprobé, que no aparecía en los mapas ni en mis cartas de navegación.

Mi confusión se acrecentó cuando vi a un hombre de mediana edad, que parecía estar esperándome. Vestía una túnica que se confundía con el color volcánico del suelo, y en sus manos, sostenía una especie de brújula:

- No tengas miedo, me dijo, no te has perdido.
- Entonces, esto que me está ocurriendo, es real…
- Claro que es real, me contestó. Estamos sobre la Isla Fernandina. Aristóteles, en su Tratado de los Meteoros, habló de como la isla de Vulcano brotó del mar entre estruendos de explosiones volcánicas. Tiene una extensión de 4.800 metros de longitud por 63 de ancho. Como puedes ver, todo es real; si es eso lo que te preocupa. Aunque, nadie conoce la verdadera razón por la que aparece o desaparece de este lugar, por eso recibe el sobrenombre de La Isla Fantasma.
- ¡Caray, qué alivio! Todo se debe a un fenómeno de la naturaleza, exclamé con una sonrisa, como si acabara de recobrar la cordura.

Entablamos una larguísima conversación, en la que el tiempo parecía inalterable. Me dijo que se llamaba Rafael Hitloreo y que era portugués, pero que en su juventud un irrefrenable deseo de saber, le llevó a vivir a otra ciudad.

- Siento decirte que al verte, creí que eras un marinero perdido.
- Pues te equivocas de medio a medio, me contestó. He navegado, ciertamente, mas no como Palinuro, sino como Ulises y aún como Platón. Como puedes comprobar, conozco perfectamente tu lengua latina y soy doctísimo en la griega; la prefiero más que a la latina porque me dedico al estudio de la filosofía, en la cual los latinos, siento decirlo, no han producido nada de importancia, excepto algunos escritos de Séneca y de Cicerón.

Sé que a ti también te gusta la filosofía y que buscas respuestas, me dijo en un tono más serio. Debes saber que no te he mentido en nada, pero no estoy aquí por casualidad. He acudido a tu encuentro, del mismo modo que hace algún tiempo vine a conversar con Tomás Moro.

-¡Tomás Moro! ¿El filósofo que escribió Utopía? Pero si nació en el año mil quinientos y pico.-Mil quinientos quince, para ser exactos. Me corrigió impasible ante mi incredulidad.

Pero no quisiera discutir eso, porque no es mi tiempo el que importa. Estoy aquí para que aproveches el tuyo. Por favor, escúchame:
- He podido comprobar que conoces Utopía, en ella, Tomás Moro transcribió mis palabras y las presentó al mundo como la sociedad ideal. Sin embargo, en su libro falta el último capítulo, el más importante, el que cambiará para siempre el significado de la palabra Utopía. En realidad, nada es imposible. Una sociedad idílica como Utopía se puede conseguir. Sólo se requiere aplicar “El Test de Romm”.

Me entregó aquella especie de brújula que protegía con sus manos. Como puedes ver no indica el Norte, me dijo. Lo que indican sus dos agujas es el estado de nuestra conciencia. Si permanecen unidas, indica que poseemos una “Conciencia Blanca”, es el estado ideal, significa que todos los actos que realicen las personas que la posean están predestinados a hacer el bien. En cambio, a medida que se separan nos muestra una “Conciencia Contaminada” dominada por la avaricia, la envidia, el odio, el rencor, la soberbia… Las personas que la poseen, no pueden sentir empatía hacia los demás, simplemente, los utilizan como si fueran instrumentos o cosas que están a su servicio. Son los candidatos perfectos para cometer todo tipo de delitos, aunque nunca sean descubiertos, y cuando alguno de ellos ostenta el poder, la sociedad sucumbe al horror de la injusticia o la guerra.

Poseer una “Conciencia Blanca” debe ser un atributo indispensable para cualquiera de nuestros gobernantes, más importante incluso que su propia inteligencia. La experiencia nos ha demostrado que podemos asumir el error de “un torpe que actúa de buena fe”, sin embargo, nunca estará a salvo de un líder inteligente con la “Conciencia Contaminada”. Por tanto, ninguno de ellos debería ejercer su cargo sin superar antes el “Test de Romm”. Nosotros, en Utopía, lo concebimos como el seguro más efectivo de la humanidad; el verdadero protector de los Derechos Humanos. El que te he entregado, es el modelo que utilizamos en Utopía. Sin embargo, “El Test de Romm”, no tiene porqué ser un objeto, sino que debe ser el fundamento ético que liberará a la sociedad de los líderes indeseables. Cuando se conozca su existencia, encontrareis la forma de crear el vuestro.

Ahora, sube a bordo, regresa de tu viaje. Escribe el último capítulo de Utopía. Que la esperanza de un mundo en paz deje de ser algo imposible.

Iba a hacerle muchas preguntas pero, de repente, el suelo comenzó a desaparecer bajo mis pies y corrí hacia el barco despavorida. Cuando estuve a bordo, me di cuenta de que Rafael había desaparecido. Durante toda la noche navegué en círculos por la zona. Lo busqué, gritando su nombre mientras tuve fuerzas. Pero amaneció, y caí en la cuenta de que el tiempo seguía avanzando, e intenté convencerme de que allí nunca hubo nadie. Salvo la soledad; ella y yo, cara a cara, en la inmensidad del mar…

PD: Una vez que he escrito el final de mi viaje, y sólo para aquellos que deseen saberlo, les diré, que aún conservo “El Test de Romm” que me entregó Rafael, que cada día compruebo el estado de mi conciencia, y que lo protejo con mi vida.

Meritxell Ramos
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